Ya no importa que nos maten

Por Beatriz Olandía

Solo esta semana en España han asesinado a tres mujeres y una niña, mientras se está a la espera de la confirmación como caso de violencia vicaria del asesinato de otro menor y a la evolución de otra más, herida de gravedad. Cinco muertes violentas en una semana, cinco asesinatos en un país que presume de democracia, libertad y modernidad. Un país que, sin embargo, no es capaz de mantenernos a salvo.

¿Y saben lo que es peor? Que da igual. No sé qué tipo de persona es capaz de caer en la desidia cuando de asesinatos se trata, pero parece que ya no está de moda hablar de violencia de género. En estos momentos, en los principales medios de comunicación españoles, hay que escrolear un poco para encontrar, en pequeño, información sobre estos casos. Dependemos del compromiso puntual y personal de periodistas puntuales que deciden abordar estos temas, pero las cadenas, los medios… han perdido el interés.

Ya no abrimos informativos, ya no somos titulares. Somos un breve, una pequeña llamada de atención en un rincón de una web, porque la mujer ya no vende. Y no digamos el feminismo. Cualquiera podría deducir, por lo tanto, que los medios de comunicación piensan solo en su cuenta de resultados, mientras critican por lo mismo a los partidos políticos. Si la gente no pincha, eres un contenido de relleno.

Quizás lo que haga falta es que las mujeres volvamos a cabrearnos. Que volvamos a unirnos en las redacciones, para preguntar al responsable de turno dónde están esas informaciones, dónde han quedado las mujeres, en qué cajón han metido la perspectiva de género, si es que hay alguien fuera de este reducido mundo de las periodistas feministas que sabe qué demonios es eso.

A lo mejor hay que volver a salir a la calle desde la rabia a herir esos egos masculinos tan frágiles que se enfadan cuando les señalas lo obvio: que matan ellos, que abusan ellos y que de quienes depende terminar con esto es, fundamentalmente, de ellos. Es la estadística, amigos.

Una comienza a sospechar que la bola que dieron al movimiento y, por ende, a los problemas de las mujeres se debía a una mezcla de moda y temor; moda, porque parecía que la conversación por fin giraba en torno a nosotras, sin necesidad de echar mano del apelativo ‘de mujer’, sino simplemente porque somos el 51% de la población y porque ya está bien de ser invisibles. Y temor porque por un momento tuvimos la sensación, el espejismo, de que no estábamos solas y quizás, contagiados, nos vieron así: unidas, seguras y enfadadas.

Pero el cabreo duró poco, porque alguien dijo que una ministra no podía estar siempre enfadada – impresionante la forma estúpida, complaciente y paternalista con la que muchas mujeres compraron este argumento a los hombres—, que no se podía hablar siempre de cosas de feminismo y que ya valía con pegar cuatro gritos en la calle dos días concretos al año. Nos dejan de vez en cuando hablar de nuestras cosas y con eso vamos tirando. Nos utilizan para blanquearse, partidos políticos y medios de comunicación, para revestirse de un compromiso con la igualdad de no es tal. Si han flipado con el ‘Me too’ de la política, teman el ‘Me too’ de las redacciones.

Al final ha pasado lo que ya sabíamos que ocurriría: que sin rabia nos toman por el pito de un sereno. Y sinceramente, antes de ser invisible, prefiero ser insoportable.