Un dedo y un gatillo: porqué el machismo mata y tú también

Por Beatriz Olandía

 

Laura Cruz no será la última víctima mortal de violencia de género de este año, pero puede que sea uno de los casos más dolorosos con los que nos hayamos topado en los últimos meses. No porque su historia sea única o más dura que el resto, sino porque ha salido a la luz el detalle y el relato, la crónica de una mujer cuyo miedo y sufrimiento fueron minimizados y negados por un sistema que aún no sabe cómo proteger a las mujeres. La compañera Isabel Valdés ha contado en El País este relato de terror que, por desgracia, fue la historia de una muerte anunciada… si es que todas los asesinatos machistas no lo son.

Valdés nos pone frente a la víctima y la claridad con la que hablaba de su infierno, ese en el que encontró poca ayuda por parte del Estado y de la judicatura que, una vez más, no han estado a la altura. Estremece leer las palabras de la ahora asesinada cuando aseguraba que a su verdugo, a Dámaso, no le importaba perjudicarse a sí mismo con tal de atacarla a ella y a sus hijos.

Laura hizo todo lo que se le pide a las víctimas de violencia machista: denunciar y dar la batalla en los juzgados, no callarse… ser valiente. El final nos recuerda cuán lejos estamos aún de contar con unos medios suficientes para enfrentar la inmensa tarea que tenemos por delante: proteger a las víctimas, evitar que sean asesinadas. Pero para eso, deberíamos contar no ya con medios suficientes: siempre se ha dicho que la lucha contra la violencia de género es, fundamentalmente, dinero, pero resultó que no, que lo primordial es la educación de todos los actores que intervienen en estos casos.

Me cuesta creer que un juez, escuchadas las palabras de Laura, no decidiera encarcelar a Dámaso en algún momento; me cuesta empatizar con alguien que minimizó el caso hasta el punto de denegar una pulsera antimaltrato, un dispositivo que salva vidas, que ya había llevado él en anteriores ocasiones, y que los jueces imponen cada vez menos: hay unos 7.000 dispositivos y solo están en uso 4.000. Quizás los discursos irresponsables y politizados de algunos partidos, que quieren rascar votos incluso de los golpes, las magulladuras y las muertas, tengan algo que ver.

Resulta que, tal y como leemos en El País, que recoge a su vez del auto judicial, la sección civil y de instrucción del tribunal de instancia número 1 de Llanes le denegó esas medidas, la pulsera, ya que consideró que no existía “una situación objetiva de riesgo” ni “factores o indicadores de acontecimiento o incidencia que hagan prever que el investigado vaya a realizar un comportamiento futuro tendente a menoscabar la integridad física o psíquica de la perjudicada”. Ojalá quien tomara esta decisión no pueda dormir tranquilo o tranquila nunca más. Insomnio por una vida, qué menos.

Pero si algo tiene este caso son ejemplos de cómo un hombre puede acabar, y acaba, con la vida, tanto física como metafórticamente, de su víctima. El asesino utilizó una hipoteca para crear más caos, más dependencia, más violencia sobre su ex pareja y sus hijos, un ejemplo de violencia económica y burocrática que debería servir para empezar a manejar ya estos conceptos, darles difusión y aprender a combatirlos. Usó a su familia a su antojo para dejar claro que el que mandaba era él, porque al final se trata siempre del control, de sentirte muy hombre porque haces sentir muy poco mujer a tu víctima.

La deshumanización a la que fue sometida Laura bajo la atenta mirada del sistema es un buen ejemplo de ese deber no escrito que tenemos todas las mujeres, el de aguantar siempre un mínimo de violencia que irá creciendo en intensidad hasta terminar en un golpe o, peor, en un asesinato. Es una de las maldiciones de esos mitos, leyendas y relatos que la humanidad se ha dado: somos mentirosas, por lo que no se nos cree; somos pecadoras e inductoras del pecado, por lo que no se nos perdona; somos manipuladoras, estamos locas, somos unas exageradas. Somos malas, en definitiva. Miles de años de existencia juegan en nuestra contra y eso cuesta vidas.

Uno de los vídeos que más se ha compartido respecto a los últimos casos de violencia de género lo firma Pedro Blanco, de la Cadena SER. “El machismo mata”, dice el periodista… y no sabe el alcance real de esas palabras y lo necesario que es repetirlas una y otra vez. El machismo mata porque deshumaniza, porque cuelga del cuello de las mujeres todas esas fantasías, leyendas, mitos y construcciones sociales que nos hace menos respetables, menos creíbles, peores seres humanos. El machismo mata desde los juzgados, cuando a una víctima como Laura no se la cree, cuando las valoraciones de riesgo no se ajustan a la realidad y minimizan las acciones de los maltratadores porque, y aquí también hay mucho sesgo y constructo social, los hombres no saben estar solos, pobrecitos no saben llevar las rupturas o, como en este caso, no hay nada que haga “prever que el investigado vaya a realizar un comportamiento futuro tendente a menoscabar la integridad física o psíquica de la perjudicada”.

El machismo mata desde un despacho de alcaldía o de presidente de comunidad autónoma, cuando decide que es mejor renunciar a unos principios básicos, a los derechos humanos, y pactar con aquellos que niegan la violencia, insultan a las mujeres y utilizan el dolor de las víctimas como arma arrojadiza contra un gobierno de otro color político. Todo por el sillón. La seguridad de las mujeres y sus derechos, por un despacho.

El machismo mata también desde una redacción, cuando un periodista, un director… un medio de comunicación decide que para informar del último caso de violencia machista hace falta hablar con los vecinos, decir qué majo era el asesino, reflejar la extrañeza de un barrio que no sabía, o no quería saber, lo que ocurría de puertas para adentro. Sí, la mala práxis periodística también mata.

Igual que matan los chistes machistas, y las risas corifeas de quienes los jalean; igual que una mirada lasciva por la calle, un comentario aparentemente jocoso o un mensaje en redes sociales -feminazi, puta, a quién se la quieres chupar-.

Todos tenemos, de una manera u otra, un dedo cerca de algún gatillo, porque entre todos colaboramos en crear una sociedad que no cree a las mujeres, que las infantiliza, que las reduce a un objeto sexual de deseo que, al no cumplir con esas expectativas, se vuelve odioso y objeto de múltiples violencias.

Todos tenemos el dedo cerca de un gatillo…. aunque unos más que otros.