26 Abr Testosterona, Feijóo y la mujer del César
*Por Beatriz Sanz Olandía
Siempre he dicho que el feminismo es tremendamente cansado, pero también tremendamente revelador. Y no solo en lo personal; el feminismo cambia tu forma de interactuar con el mundo y la manera en la que interpretas a quienes te rodean. Por eso, analizar las reacciones a la carta de Pedro Sánchez está siendo tan interesante.
Una de las primeras reflexiones que escuché cuando la noticia saltó hacía referencia a las escasas agallas que al parecer tenía el presidente del Gobierno. «Tiene que aguantarlo, es el presidente», soltó alguien a mi alrededor. Y me dio una pena profunda todo lo que adiviné tras aquella frase.
Es una pena comprobar día a día el constreñido marco social y psicológico en el que algunos hombres se obligan a sí mismos a vivir. Cualquier muestra de sentimientos se interpreta como un síntoma de debilidad -la verdad es que me extraña no haber escuchado aún ningún ‘maricón’ en referencia a Sánchez-. Esa presión perpetua de ser duro, mostrarte impertérrito, salir airoso de todos los problemas y, si no se puede, al menos aparentarlo. ¿Qué es eso de que abandonas? Imposible. Los hombres no lloran, decía Miguel Bosé, y es una lección que llevan aprendida al dedillo.
El plano de inhumanidad en el que se colocan estos individuos tiene que causar mella a la fuerza. Nadie sale indemne de años y años de masculinidad tóxica, que es como hay que llamar a estos ramalazos de testosterona mal entendida. Decía Octavio Salazar en ‘El hombre que no deberíamos ser’ que «el carácter precario de la masculinidad implica que estamos ante una subjetividad que puede ser cuestionada permanentemente y que por tanto, necesita ser confirmada muy especialmente ante nuestros iguales. De ahí la necesidad de dejarnos claro a nosotros mismos y a todos los demás que somos ‘hombres de verdad’«. Y ahí está la clave.
Unos egos tan débiles que necesitan el refrendo continuo, propio y de sus semejantes, se quiebra en el momento en el que uno de ellos prescinde de ese mecanismo. En la medida en que estos hombres perciben esa supuesta debilidad ajena, se darán cuenta de la propia, necesitando así desprestigiar al débil para reafirmarse a sí mismos.
Pero puede más bien que estemos hablando en realidad de valentía: cuando tú sabes que no te atreverías a mostrar esa debilidad -que no serías tan valiente- solo te queda desprestigiar a quien sí lo hace. Es el espejo en el que no quieren mirarse.
Como decía Ana Requena, estrategia o no, lo interesante de este caso es que una figura de poder hable desde el afecto, desde la debilidad y la humanidad. Lo contrario a la tradicional figura de líder que nos han vendido hasta ahora y que empieza ya a oler a alcanfor.
Para analizar el siguiente fenómeno no hacen falta tantas cábalas, porque es machismo rancio del bueno. El señor Feijóo aseguró, en un acto de machirulismo nivel experto, que las mujeres de los presidentes de gobierno han dejado sus trabajos solo para no levantar sospechas. Vamos, lo de la mujer atada a la pata de la cama, lo de la virtud, lo de que el honor de la familia reside sobre la honra femenina.
Nada nuevo bajo el sol, lo tienen bien aprendido desde que se inventaron la Sección Femenina, Elena Francis y todo un corpus normativo que relegaba a la mujer a un plano casi invisible. Así nos quiere el líder del PP: transparentes para que no demos a entender cosas que no son. Además de serlo, parecerlo.
Pero no sería justa esta reflexión si no nos hiciera mirar hacia atrás con vergüenza porque esto no es la primera vez que ocurre. Sin embargo, cuando la protagonista es una mujer, la cosa se coloca sola en su sitio. Porque lo emocional, lo irracional, es patrimonio femenino. Así, reacciones como la de Irene Montero mientras acosan a su familia durante meses sin que nadie haga o diga nada -tampoco el PSOE que ahora se rasga las vestiduras- o la marcha de Mónica Oltra tras un caso calcado al que ahora se intenta con la mujer de Sánchez, no llaman la atención. Es lo que nos toca, es lo que nos queda: llorar. El lío se ha montado cuando el que ha puesto el pie en pared ha sido un hombre.
Reflexionemos también sobre toda la carga que por nuestro sexo parece que estamos obligadas a llevar a cuestas.