22 Jul Recuerdos de una periodista veterana
Por Mery Varona
Franco había muerto en 1975, en 1978 se había aprobado una nueva Constitución y en 1979 se habían celebrado elecciones municipales democráticas. En los periódicos de tirada nacional aparecían algunas firmas de mujer pero en provincias las cosas se movían con más lentitud.
En 1980, en la redacción del Diario de Burgos, donde había colaborado María Teresa León, no firmaba ninguna mujer. Si eso ocurría en la capital qué no sucedería en las pueblos de la provincia. Yo vivía en Aranda de Duero, tenía treinta y tres años y era madre de dos niñas; empezaba a desesperar de encontrar trabajo cuando recibí la oferta de Hoja del Lunes de la provincia. La asignación era una miseria pero acepté entusiasmada. Me encomendaron una página en la que debía hacer un resumen de lo ocurrido durante la semana, información y opinión.
La principal fuente informativa manaba del Ayuntamiento. Cuando fui a presentarme al alcalde me preguntó cómo podía saber él que yo sabía escribir. Con la misma esperanza que yo supongo que tú sabes leer, le respondí. Nuestra relación fue de mal a peor. Hasta entonces las corresponsalías de prensa en los pueblos solían recaer en secretarios municipales o personas con tiempo libre que se limitaban a transcribir la información municipal tal cual salía del ayuntamiento, el movimiento demográfico, el paso de algún hombre ilustre o los sucesos. No era costumbre que un corresponsal fuera periodista, que lo fuera una mujer era una rareza absoluta. Yo llegaba con un feminismo larvado: mi abuela era una mujer de la República, sin formación académica pero inteligente, que había inculcado a sus nietas que una mujer valía lo mismo que un hombre y nos había alentado a estudiar para no tener que depender de nadie.
Las reglas del juego que encontré eran típicamente masculinas. El trato era o bien hostil, del tipo: ¿qué pinta aquí una mujer?, o bien paternalista: ven, guapa, que yo te voy a decir cómo tienes que hacer las cosas. La información -acuerdos, decretos, convocatoria de plenos- se distribuía en un bar próximo a la Casa de la Villa, donde los redactores se reunían con alcalde y ediles. Aquel forzoso compadreo de taberna me parecía poco profesional y sugerí que se instalaran buzones en el ayuntamiento donde cada medio pudiera recoger la documentación correspondiente. Se me tildó de picajosa, pero se instalaron.
Consideraban ofensivo todo lo que contaba, pero lo que más les ofendía es que fuera una mujer quien los pusiera en evidencia. Desde el propio estrado de plenos se me aconsejó que, por mi bien, me fuera a casa a fregar y a cuidar de mis hijas. Creo haber sido la única periodista a la que le han aprobado una moción de censura “por atentar contra los intereses municipales”.
Poco tiempo después empezaron a disparar contra las ventanas de mi domicilio. Era evidente que solo querían asustarme, no causarme un daño físico, pero, aparte de que me estaba gastando en reponer cristales lo que ganaba en el periódico, cualquier día podían dar a mis hijas. No quería llamar la atención, pero con el tercer cristal roto pensé que debía ponerlo en conocimiento de la policía. Telefoneé al comisario, un tipo campechano, y le conté lo que ocurría. Ay, ay, qué cosas estarías tú escribiendo, me respondió muy paternalmente, sin darse por aludido. Acudí a comisaría y presenté la denuncia correspondiente, con no poca sorpresa del mismo comisario.
En alguna ocasión la presión era de tipo económico. La empresa Pascual, radicada en Aranda, proyectaba la construcción de una gran central lechera en terrenos aún no calificados como industriales, cuya autorización dependía del ayuntamiento. En principio no había nada ilegal en el proyecto pero la empresa pretendía que se agilizaran los trámites. El alcalde condicionó la aprobación a que retirara la publicidad en La Hoja del Lunes mientras yo escribiera en ella. Pascual tenía en ese tiempo la mayor cartera publicitaria y prácticamente regaba con ella a todos los medios.
El director, Tomás Pascual, me conocía desde niña porque nuestras familias eran vecinas. Me telefoneó para decirme que no podía permitirse una demora. Y mandó retirar la publicidad. Lo conté en el periódico. Y no pasó nada.
Profesionalidad y honestidad
Cuando confesé mi cansancio por tanta bronca, el director me aconsejó esperar para no darles la satisfacción de echarme del tablero de juego. Pensé que si yo abandonaba las mujeres que me siguieran lo iban a tener más difícil aún, pero en quien más pensé fue en mis hijas, quería que tuvieran en mí el ejemplo de una profesional honesta y consecuente. En 1982 se jubiló el corresponsal de Diario de Burgos (DB), después de medio siglo de ejercicio. Me propusieron cubrir su puesto y acepté con más entusiasmo aún. El contrato seguía siendo de colaboración pero el salario era algo más digno. El periódico me hizo una presentación muy elogiosa que me subió la moral. He de añadir que tanto en la Hoja como en el Diario me encontré siempre respaldada, incluso en los peores momentos, que los hubo malos de verdad.
En esas estábamos cuando en las fiestas patronales de 1983 me encomendaron hacer la información taurina, que hasta entonces había hecho un crítico especializado. Con el reglamento taurino bien estudiado acudí a solicitar mi pase para seguir la corrida desde la barrera, con mis compañeros. Y ahí fue troya. Me propusieron colocarme en el palco, con la reina de las fiestas y sus damas, donde, insistían, iba a estar más cómoda. Naturalmente, me negué.
Me explicaron que los veterinarios, que solían copar los burladeros, se oponían a que una mujer entrara en su terreno. Buscaron el apoyo de los apoderados de los diestros, asegurando que en el ideario taurino la proximidad de las mujeres daba mal fario. Yo soy periodista con el mismo fario que mis compañeros y quiero estar donde están ellos, insistía por mi parte.
El director de DB respaldó mi postura de no escribir una palabra de la corrida si no me daban el pase de prensa y advirtió al gobernador de la provincia de lo que ocurría. Fue el gobernador quien firmó el pase, que he guardado durante muchos años como un trofeo. Confieso que pasé la corrida pidiendo a todos los dioses del olimpo celestial que no ocurriera ningún percance a los toreros.
En 1986 Diario de Burgos me contrató como redactora. Fui la primera periodista en nómina. En 1988 me trasladé a la redacción del periódico en Burgos con la sensación del deber cumplido. Para entonces me había hecho un hueco en la prensa provincial con el reconocimiento de los lectores. Cuando cedí la corresponsalía a otra mujer, Aurora Lázaro, a nadie le extrañó. Desde entonces se han sucedido de manera natural firmas femeninas y masculinas en el mismo puesto.
En la redacción de DB me encomendaron las entrevistas a personajes famosos y a burgaleses que hubieran destacado profesionalmente y los debates sobre cuestiones de actualidad. Fueron tres años vertiginosos y maravillosos, hasta que el periódico fue comprado por un constructor que acabaría siendo condenado en el caso de la construcción.
Traslado a Madrid
En 1991 dejé DB y me trasladé a Madrid. Entré en el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, como redactora de la revista MAR del Instituto Social de la Marina (ISM). Era un trabajo orientado a la información laboral y económica de los trabajadores del mar, sumamente cómodo, interesante y agradable, en el que viajé mucho, aprendí más y en el que de buen grado me hubiera quedado toda la vida.
Mi jornada laboral me dejaba libre la tarde, lo que aproveché para hacer voluntariado en la Federación de Mujeres Progresistas (FMP), que aglutinaba a un grupo de feministas muy valiosas y entregadas a la causa, de las que aprendí casi todo de lo que necesitaba aprender.
Se vivían en ese tiempo los primeros signos de una inmigración que rompía la tradicional tendencia emigratoria española. En Madrid, mujeres dominicanas empezaban a sustituir en el empleo doméstico a las nacionales. En los barrios de mayor nivel económico la presencia de estas mujeres en sus días de libranza era mal recibida. Las protestas tenían un claro sesgo racista y machista. La cuestión estalló con el asesinato de Lucrecia Pérez, una mujer en paro que se había refugiado en las ruinas de un antiguo club a las afueras de Madrid. Con Nani D’allio, experta en movimientos migratorios, en 1994 escribimos un estudio, aproximación al fenómeno de la migración femenina, publicado por la FMP: “Inmigración en España: Femenino y Plural”.
En 1995, por encargo de la Federación, escribí un opúsculo sobre las mujeres argelinas, que estaban siendo perseguidas en su propio país. “Mujeres argelinas, la libertad prohibida” hablaba de costumbres sociales, los condicionantes familiares y legales, matrimonio, divorcio, maternidad, etc.
En 1997 me nombraron jefa de prensa del ISM. Me considero una reportera, no una comunicadora, pero acepté el encargo por la misma razón que resistí en Aranda, una mujer no puede, o quizá no debe, rechazar una promoción que abra el paso a las que vienen detrás. Fue una experiencia interesante, que me propuse no repetir. De allí pasé al Gabinete de Prensa del Ministerio, donde me jubilé en el 2012 después de una vida profesional a la que debo muchas alegrías. Cuando echo la vista atrás sospecho que he vivido de las rentas de lo que trabajé y bregué en la corresponsalía de Aranda.
Mujeres que hablan de mujeres
Con tiempo libre y la misma afición a dar a la tecla, empecé a buscar información de mujeres que habían destacado en su ámbito y que fueran poco o nada conocidas. Recordaba un libro de mi infancia, “Cien figuras españolas”, del que ya entonces me llamó la atención la escasa presencia de mujeres. Al cumplir 70 años me regalé una página web a la que fui subiendo esas breves biografías. Todo iba bien hasta que Facebook y luego Meta empezaron a poner obstáculos a su difusión. Finalmente, alguien hackeó la página, causándome un sinfín de problemas y obligándome a cerrarla. No desespero de volver a abrirla algún día.
Entre esas mujeres poco conocidas encontré a una reina de dudosa fama: Juana I de Castilla, alias la Loca. Me sumergí en su vida, investigué en documentos contemporáneos suyos para descubrir a una mujer sorprendente. En 2017 publiqué en Amazon el resultado de esa investigación: “Juana I de España. La reina cautiva”. El libro se vendió él solito y, para mi sorpresa, sigue vendiéndose.
Al año siguiente escribí sobre el viaje que la reina Juana hizo con el cadáver de su marido, Felipe de Habsburgo, conocido como el Hermoso: “Por aquí pasó la reina Juana”. Para celebrar el Día de la Mujer, el año 2018 el Ayuntamiento de Aranda publicó un folleto con cuarenta y una historias de mujeres sacadas de mi web: “Mujeres que hicieron historia”. “Cuentos para Gadea, la niña que no conoció la guerra”, del mismo año, es una recopilación de cuentos dedicado a mi nieta.
Ahora estoy ultimando una novela histórica sobre otra mujer casi totalmente olvidada: Violante de Aragón, reina consorte de Castilla y León por su matrimonio con Alfonso X. Sustituyó al rey en negociaciones con los nobles, con el rey de Granada y con los Concejos de la Extremadura castellana; en 1277 decidió separarse de su marido y no volvió a verlo ni asistió a su entierro en 1284. En 1295 aprobó unas ordenanzas para el cultivo del viñedo en la Comunidad de Villa y Tierra de Roa que estuvieron vigentes hasta 1856, tenidas como el antecedente de la Denominación de Origen Ribera del Duero.
Como muchas de nosotras, me pregunto porqué hay tantas mujeres valientes y valiosas, decisivas en la historia, de las que se ignora todo. Estoy convencida de que se debe a que, como advirtió Eduardo Galeano, la historia está escrita por los militares y los machos. Ellos solo hablan de ellos. Para subsanar este déficit es preciso que las mujeres hablemos y escribamos sobre nosotras y sobre las que nos han precedido, de quienes somos deudoras. Formamos parte de una cadena, somos porque ellas fueron y debemos abrir el camino a quienes vendrán después que nosotras.