29 Jun Oro parece
Organizadora. Patricia Andrea García
Organizar cosas es ingrato; quizá se parezca a cocinar, ya lo puedes hacer bien muchos días pero como se te queme un día algo o esté mal de sal, solo se acordarán de eso.
Organizar algo suele llevar encadenado la toma de un montón de decisiones que no se ven; quizá por eso casi siempre la organización de las casas las llevan las mujeres: pensar en qué comer, cuando ir a comprar, qué hacer el sábado, dónde y qué haremos en vacaciones… Tomar decisiones es cansado y tener opiniones de todas las cosas. Yo no sé si tienen papel las hormonas en esto, pero yo hay veces que lo tengo todo más o menos claro y otras me cuesta decidir qué bragas me pongo.
El caso es que decidí organizar una carrera, algo que lleva emparejadas miles de pequeñas decisiones, muchas de las que no se ven, y mucho menos se aprecian, si nunca lo has hecho. Me la jugué porque no tenía todos los apoyos y mucho menos ayuda. Muchas personas si que les pareció muy buena idea y a otras no. Lo normal.
En Valladolid ser de izquierdas tampoco es sencillo, la verdad. Ser mujer tampoco. Claro que estos datos no los puedo comparar, no he sido hombre y tampoco de derechas, ni de Murcia. Es solo una sensación.
Seguimos con la carrera: desde el diseño del cartel, el recorrido y su permiso es lo más difícil e importante, las inscripciones y cómo difundir el tema, el speaker, la bolsa de correr. Aquí tuve ayuda porque alguien decidió sin consultar (esto lo tengo que aplicar más, el más vale pedir perdón que permiso, aunque también es agotador). Ojo, no es una queja, es la descripción de cómo se cumple un sueño: la carrera del Trabajo. La verdad es que el nombre me encanta y la gente lo ha asumido como si lleváramos 23 ediciones.
… Sí que parece una vomitera este escrito hasta ahora…
Voy a empezar otra vez: el 1 de mayo hicimos la Carrera del Trabajo, con casi 400 inscritos, entre carrera y marcha. Fue un buen número y estoy muy contenta, sorprendida de personas que vinieron a echar una mano, sin más, unas ya avisadas y otras que no dudaron en remangarse y ayudar en lo que fuera. Otras no.
Hay como razas de personas a la hora de ayudar; yo cuento con mi más mejor amiga que es tipo red, da igual lo que yo haga que, sin juicios, ella siempre está pendiente y siempre, siempre, siempre sabe qué hacer. Otras personas ayudan sin más, porque les sale, en seguida se ponen a lo que sea… de estas hay muchas aunque se las ve menos. Luego hay otras que empiezan y parece que hacen algo pero desaparecen y, si no te fijas bien parece que han hecho de todo. A estas sí se las ve, y mucho. Suelen ir plagadas de medallas de cosas en las que algo hicieron. Hay otras a las que todo les parece mal. Se sientan en su sillón de la verdad absoluta y allí están protegidos de tener que prestar ayuda. Solo esperan allí para soltar sus “si ya sabía yo”
A todas las personas -las que suman sin preguntar, a las que tocan las narices solo por hacerse notar, a las personas que participaron, a las que difundieron, a las que les pareció mal y a las que bien-, a todas muchas gracias por haber hecho realidad un sueño.
Participante – Verónica Mellado
No era la primera carrera en la que participaba. Era la segunda. La primera fue una San Silvestre, algo muy habitual entre los corredores principiantes como yo. Aquella fue puro ocio, pero esta suponía un reto. Un reto porque, en mi entorno laboral, iba a tener muchas miradas puestas encima de mí. Por mi aspecto, por mi marca, por mi ritmo, por mi manera de correr. Hasta en eso existe una evidente diferencia entre trabajadoras y trabajadores.
Llevaba ya varias semanas soportando comentarios al respecto. Algunos incrédulos del tipo “¿pero tú corres? ¿desde cuándo?” Otros fomentando expectativas que no tenían por qué ser las mías: “Tienes que conseguir un buen puesto. Nos puedes dejarnos en mal lugar”. Todas revestidas con un doble sentido humorístico y burlón.
Por eso, confieso que, esta vez, estaba nerviosa. Pero llegué a la plaza y vi todo perfectamente organizado, mi número en la lista de inscritos y el número de dorsal que me correspondía perfectamente identificados. La taquilla para dejar la ropa de abrigo justo antes de salir también preparada.
Los limpiadores estaban dando el último repaso a las calles por las que íbamos a discurrir los corredores. La policía terminaba de ordenar el vallado que habría de indicarnos el recorrido.
Los participantes empezaban a llegar y, de una manera u otra, todo fluía. Sin embargo, por experiencia, sé que estos eventos requieren una preparación exhaustiva previa. Una necesidad de no dejar nada al azar. Un esfuerzo gigante para conseguir conciliar a las organizaciones participantes y comprometer ciertos acuerdos.
No obstante, en ese momento, mi mente estaba puesta en la línea y la hora de salida. Fue entonces cuando el speaker comenzó a charlar distendidamente con los principales representantes de las organizaciones promotoras de la iniciativa. Y, al rato, casi sin enterarnos, dio el pistoletazo de salida. Y allí estábamos cientos de personas recorriendo las calles del centro de Valladolid perfectamente guiados por unos cuantos voluntarios que, además de animarnos, se dedicaban a indicarles a los más despistados la dirección a seguir y a evitar que viandantes o vehículos inesperados entorpeciesen la carrera. Dos vueltas y ya estaría.
Entonces llegó la presión. Quedaba poco pero todo empezaban a ser ya caras conocidas y yo no podía dejar de pensar que estaba yendo demasiado lenta. Así que pisé el acelerador en los últimos metros, a la altura de la catedral, para, al menos, impedir que me adelantase el chaval que me había recortado unos metros, tirando de codazo, unas esquinas más atrás.
Entré en la meta como si fuese una corredora de verdad. Suena raro, pero la instalación recibiéndonos, la gente animando, el speaker diciendo mi nombre, la línea de entrada aguardando me hizo sentir, por primera vez en toda la carrera, como una autentica corredora y no como una farsante. Ya sabéis que el síndrome de la impostora lo padecemos todas por defecto pero más aún en estas situaciones…
Y crucé la meta, levanté los brazos, empecé a resollar y allí estaba la organizadora principal, la de verdad, repartiendo electrolitos e hidratación deportiva a todos los que llegábamos exhaustos. Después, otra voluntaria también conocida, nos dio una bolsa con los logotipos de los organizadores para llevar unos cuantos detalles post carrera por haber participado.
Me sentí tremendamente bien. Daba igual la marca y los vídeos y las críticas o las alabanzas. La había terminado y estaba donde tenía que estar. Pero debía ponerme a trabajar inmediatamente después, así que no me pude quedar a la recogida de medallas y marché, otra vez corriendo por el centro de la ciudad, a ducharme para volver a mi desempeñar mi función principal, como cada 1 de mayo. Solo que, esta vez, con la idea de que, ojalá, esta iniciativa se consolide en las futuras ediciones y me permita este desahogo tremendo que supone participar en una carrera a la que acuden cientos de personas aficionadas que, de esta forma, descubren que esta fecha significa mucho más y que hay muchas maneas de participar. También lúdicas. Y cargadas de dopamina.