05 Oct La primera vez que me llamaron puta
Por Beatriz Olandía.
La primera vez que me llamaron puta me quedé congelada. Algo así como un rayo atravesó mi estómago, se me paralizó la cara en una extraña mueca y no pude articular palabra. De hecho, recuerdo que aquella pasividad mía sirvió para echar más leña al fuego. “¡Mira qué puta es!”, me decía un chico del pueblo. Yo no tenía ni idea de por qué me llamaba eso, qué había hecho yo para que ese relámpago me hubiera partido en dos por dentro: los ojos me escocían, la cara me ardía y empecé a sudar por la nuca, supongo que para compensar el sofoco. Tenía trece años y no recuerdo el porqué; lo que sí recuerdo es su cara, su expresión de orgullo, su sonrisa. Había vivido en mis propias carnes la manera cobarde que tienen los niños-hombres de sentirse hombres-hombres.
La primera vez que te llaman puta te meten, sin tú saberlo ni ser consciente, en un mundo adulto y desconocido, donde ese insulto, que solo has oído en las películas y en partidos de fútbol, viene hacia a ti y te fulmina. Te han llamado puta y no sabes por qué. Te han llamado puta y no sabes si te lo mereces. Te han llamado puta y el resto clava sus ojos en ti, porque una vez que ocurre, sabes que se repetirá. Se ha abierto la veda. Una nueva niña-mujer a la que insultar impunemente.
Y sin embargo, no era el primer insulto que recibía. Ser una niña “no-guapa” te hace blanco a veces de burlas que, de nuevo, sirven más para el refuerzo de futuros hombres cobardes que para humillarte. Pero ocurre. Claro que ocurre. Te humilla. Así que… ¿Cuál era la alternativa? Insultar yo primero. Aprendí muy pronto que si no quería ser la primera en recibir, tendría que ser la primera en dar. Y claro, se rompen los esquemas. Porque ya no actuaba como una señorita, ya no callaba y asentía, ya no mantenía las piernas bien juntitas y para colmo me mordía las uñas, “que menudos dedos te estás dejando”. No. Ahora golpeaba. Y he de decir que con cierta gracia e ironía, lo que les dejaba sorprendidos y me daba algo de tregua. Pero todo tiene un reverso.
Siempre me han dicho que tengo “mala hostia”, con tendencia a decir lo que pienso sin preocuparme mucho de si va a gustar o no (me pregunto por qué es algo a reseñar en una niña-mujer). Y siempre que me lo han dicho he pensado… ¿Acaso no es mi única salida? A las mujeres, especialmente en edades tempranas, se nos pone en situaciones por las que no deberíamos pasar. Pero el sistema es tan retorcido que espera, además, que no hagamos nada. “Puta”, y tú nada. “Chula”, y tú nada. “Mira qué tetas tiene ya la hija de fulano de tal”, y tú, de nuevo, nada.
Aprendí desde muy temprano que los hombres tenían derecho a comentar mi cuerpo y a señalarlo, como deseable o como todo lo contrario, sin miedo a que nadie les dijera nada. Un hombre mayor, familiar de unos amigos de mis padres, no tuvo inconveniente en señalar “lo bien que me había desarrollado”, gestos incluidos, delante de todos en una cena. Y nadie dijo nada.
Y a ese silencio se añadieron otros en seguida, como cuando me decían que nunca encontraría novio con esa mala hostia de la que les hablaba antes; o que pobre del que cayera conmigo, porque le iba a hacer la vida imposible. Aleccionada desde pequeña a callar y aceptar porque la alternativa era quedarme sola. Me pregunto, de nuevo, por qué ese enfado continuo que se nos reprocha a las mujeres.
No mejoró la cosa en el entorno laboral, donde tenía que aguantar miradas y comentarios, cuando no, intentos de tocamientos. Y algunos, con pedigrí y cargo público. Un asco ante el que, si te rebelas, sabes dónde vas a terminar, así que te escurres como buenamente puedes y vas a refugiarte al baño preguntándote si eso que acaba de pasar ha sido real. Un juego al que algunas personas entran porque no les queda más remedio (o piensan que no queda más remedio). Aún recuerdo cuando una compañera me dijo que no entendía por qué no me iba mejor en la empresa “con esas tetas que tienes”. Cinco años de carrera.
¿Por qué nos enfadamos, pues, las mujeres? Si nos insultan desde pequeñas, si nos tratan como mercancía sexual desde antes que sepamos nada de nuestra sexualidad o nuestros cuerpos… si nos intentan meter en una vereda pequeña, estrecha y asfixiante en la que, o eres una señorita (con todo lo que eso conlleva de silencio, complicidad, humillación y falta de autoestima), o eres una puta. Una chula. Una hija de puta.
La primera vez que me llamaron puta me sentí indefensa, confundida, sola. Pero me lo han seguido llamando: por vestir como quería, por salir con hombres, por hacer mi trabajo, por ser de izquierdas… por ser mujer. Puta. El estigma, el epítome de los insultos hacia las mujeres, el resumen del tratado de domesticación al que nos intentan someter. Puta. Una palabra, dos sílabas, cuatro letras. Un universo de machismo en un espacio tan pequeño.
Por eso, el enfado, cuando llega, es revolucionario. Porque se escapa a los corsés que la sociedad patriarcal nos quiere imponer. Porque “yo no soy esa que tú te imaginas”. Porque gritar no es de señoritas. Y por eso mismo, la risa a destiempo, la carcajada, la sonrisa desafiante ante un mundo que nos quiere atadas, calladas y sometidas, también supera barricadas.
La primera vez que me llamaron puta, me quedé paralizada. La última, eché una carcajada.