Reflexiones de una periodista: un viaje a través de la precariedad en el oficio

*Por Azucena Alfonso Recio

Estudias cinco años de carrera mientras que, a la vez, tienes que trabajar en hostelería para ir haciendo frente a los gastos. Sin embargo, tu ilusión puede más que el cansancio, las horas de sueño que utilizas para ir afrontando los exámenes y las prácticas, que son voluntarias, pero que sabes que te beneficiarán el día de mañana. Estás convencida de que cada bocadillo vendido es uno menos para acercarte a tu gran sueño.

Ves cómo apruebas tu último examen y, por fin, consigues ese título tan deseado, que con tanto esfuerzo has conseguido después de mucho tiempo. Ha llegado la hora. La hora de teclear noticias, reportajes, crónicas, editoriales… en un ordenador. La hora de ponerte frente a una cámara o de un micro para que todos los radioyentes te escuchen. Estás segura de que no será fácil el comienzo, pero que llegará tu momento.

“No es lo que te esfuerzas, es lo que te ofrecen, y el miedo o las circunstancias te obligan a aceptar.”

Sin embargo, el primer año no suena el teléfono, a pesar de haber mandado y entregado decenas de currículums. Por ello, apuestas por un máster con el fin de aumentar tus posibilidades. Un año y medio más tarde, en el que has podido publicar dos novelas porque eras incapaz de no escribir, te ofrecen la primera oferta laboral: 7 horas al día. Sin embargo, solo cotizarás por una de ellas. Piensas que es tu oportunidad, que es la primera gota en el vaso y que, poco a poco, se irá llenando de experiencia, de conocimiento y de otras ofertas que te harán darte cuenta de que las noches en vela, la angustia ante cada examen y el dinero invertido en los estudios habrán merecido la pena.

Los años pasan en la misma empresa, sin recibir otras propuestas o, al menos, no mejores, y lo máximo que has conseguido es que, de esas siete horas, ahora cotizas cuatro: 750 euros al mes. Sin embargo, sigues adelante. Si has conseguido cuadriplicar las horas cotizadas, la situación irá a mejor, seguro. Además, vives en pareja y entre ambos podéis pagar el alquiler. Cuentas historias, esas historias que siempre quisiste ver publicadas. Sientes pasión por el trabajo que haces y decides seguir adelante, pero delante solo hay un muro que no se va a derribar, por mucho que trabajes y te esfuerces.

Te ofrecen otro trabajo, uno a media jornada, mejor pagado –a poco, esto era fácil de conseguir-. Necesitan a una periodista que cree contenido en la web, sepa de posicionamiento SEO, conozca cómo llevar a cabo campañas de marketing y escriba notas de prensa. Todo bien, hasta que firmas el contrato, y ahí está la categoría que define tu trabajo: técnico en operaciones de equipos informáticos, cuando lo máximo que sabes hacer con el ordenador es encenderlo y abrir Word. Prefieres no darle importancia, ya que, al menos, es mejor que lo que tenías antes.

Para llegar a fin de mes y no sentirte tan dependiente de la persona con la que convives, decides darte de alta como autónoma y escribir en varias páginas web para coger más experiencia y ganar un dinero extra. Todo ese posicionamiento que consigues, esa redacción estudiada y cuidada, atrae clientes, pero tu salario es de un euro las cien palabras y, en tres años, no sube.

A tu jefe, que solo está dispuesto a mantener tu puesto si eres autónoma, a pesar de presumir de tener uno de los coches más caros del mercado, no le importa que sea domingo, un martes a las 3 de la mañana o que estés enferma. Los clientes mandan y los textos tienen que salir. Acabas dejándolo porque te has dado cuenta de que aprovechas hasta tus viajes personales, yendo de copiloto, para escribir. No puedes más.

Mientras tanto, tu otra empresa no da beneficios, así que, meses más tarde, te despiden. No pasa nada, piensas. Se trata de una nueva oportunidad para crecer y obtener un trabajo mejor y más adaptado a tus preferencias. Acabas el grado de Trabajo Social que habías empezado años antes y publicas tu primer cuento que, además, es solidario y por el que recibes un premio. Te sientes bien porque, además de ser periodista, eres creativa y demuestras que puedes escribir sobre la temática que siempre te atrajo desde el principio: el ámbito social.

Una carrera, un máster y una segunda titulación con la que demuestras conocimientos específicos dentro del amplio mundo de la comunicación. El teléfono no vuelve a sonar, pero aprovechas para sacar el máximo partido a tus pasiones y expones en tres ocasiones y en diferentes salas tus fotografías, una faceta que te encanta, pero de la que no vives ni pretendes hacerlo.

Vuelve a sonar el teléfono. Esta vez, una persona contacta contigo porque ha oído hablar de ti y sabe que puedes ser perfecta para crear bases de datos, escribir notas de prensa, hacer fotografía, atender a clientes, recabar información de empresas y centros educativos, entre otros, y gestionar las redes sociales. Aceptas. Es una nueva oportunidad. Hasta que día a día descubres que tienes que llevar tu propio ordenador, utilizar tu propio móvil para realizar cualquier tipo de comunicación y utilizar una silla que, sin ninguna duda, va a destrozarte la espalda.

Cada llamada es un infierno porque tu jefa te interrumpe constantemente para decirte que lo estás haciendo mal; creas textos estudiados para la campaña de email marketing que, tu jefa, acaba rechazando, prefiriendo los suyos propios que están hasta arriba de faltas de ortografía. Respiras hondo. Sabes que solo tienes que adaptarte a su estilo y la situación mejorará.

Sin embargo, la situación empeora y ya no solo te pide que escribas y realices campañas de comunicación de una forma menos profesional de la que sabes, sino que se queja hasta de los productos hidratantes que utilizas, acusándote de que le estás provocando una alergia debido a sus químicos. Sigues usando la misma crema, pero lo ocultas y, curiosamente, la alergia desaparece.

Cuando piensas que todo se trata de una cámara oculta y que en cualquier momento vas a salir en un programa de televisión en el que vas a provocar las carcajadas de mucha gente, te entrega el contrato dos semanas después, tras solicitarlo. Ves que hay un error, ya que se refleja que tu educación es la Primaria, cuando tienes una licenciatura, un grado y un máster. Indicas el error, pero te contesta con la mayor “honestidad” que es una estrategia para pagarte lo menos posible, que su situación de vulnerabilidad le impide pagarte lo que debe.

Decides seguir porque el contrato solo es de un mes y ya casi has alcanzado el ecuador del mismo. En la última semana, tu jefa, que no tiene estudios previos, te pide que le enseñes a escribir una nota de prensa para cuando tú no estés. Defiendes tu profesión y le recuerdas que no se trata de escribir cuatro frases en un papel y después enviárselo a los medios, sino que has estado estudiando cinco años de carrera por algo.

Y sale de su boca la gran frase: “Periodismo no debería ser considerada una carrera”. Piensas en recoger tus cosas, levantarte e irte. Sin embargo, prefieres respirar e indicarle que es una frase humillante. Se defiende con que es su “opinión” y piensas que te quedan solo tres días de contrato.

Sin embargo, redescubres el mundo que te rodea, el camino recorrido hasta el momento y lo mucho que has luchado para que alguien que no conoce tu profesión, tus esfuerzos, tus circunstancias y el valor de tu trabajo te juzgue y te defina un trabajo imprescindible para cualquier empresa, fundación, asociación o particular.

“Te aplastó la soberbia ajena, el poder del dinero y unas reglas que no apuestan por el esfuerzo ni las ganas, sino por la conveniencia.”

Pienso en los periodistas que arriesgan su vida por su trabajo y su pasión por el mismo; pienso en aquellas personas que han dado lo mejor de sí mismas para tener una mínima oportunidad; pienso en quien se lleva trabajo a casa y empieza el día con la radio encendida para comprender mejor el mundo y después explicárselo a quien quiere saber qué sucede en su barrio, en su ciudad, en su país o en el resto de la Vía Láctea.

Pienso en todas las personas que no lo han conseguido, a pesar de sus años de estudio. Pienso en todos los que no estamos siendo valorados y me doy cuenta de que, al final, no es lo que te esfuerzas, es lo que te ofrecen y que el miedo o las circunstancias te obligan a aceptar.

Si alguien se ha visto identificado con este texto, por favor, no te sientas culpable de vivir en un mundo que juzga con todos los sentidos apagados. Hiciste lo que pudiste y con las herramientas que tenías a mano. Si no llegaste a cumplir tus objetivos, siéntete orgulloso de cada uno de tus pasos. Te aplastó la soberbia ajena, el poder del dinero y unas reglas que no apuestan por el esfuerzo ni las ganas, sino por la conveniencia.

*Azucena Alfonso Recio es socia de Apfcyl. En este texto se abre en canal para compartir su recorrido profesional desde que se licenció en periodismo. Su relato refleja una realidad marcada por la precariedad, el ninguneo y el abuso laboral, un panorama que, desgraciadamente, es mucho más común de lo que nos gustaría en nuestra profesión. Los puestos de trabajo de horas infinitas y mal remunerados, donde se exigen cada vez más habilidades—especialidades, idiomas, marketing, diseño, manejo de redes sociales y herramientas tecnológicas—son una constante. Os animamos a leer la historia y las palabras de Azucena, a interiorizarlas, porque detrás de gran parte de la información que recibimos a través de Internet, la radio, la televisión o cualquier medio impreso, hay muchas historias de precariedad de personas que sueñan con que sus conocimientos, esfuerzos, tiempo y trabajo se vean reconocidos y remunerados como se merecen.